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Una realidad olvidada...


Un artículo de CNN en español del año 2013 al referirse a los nativos digitales indica lo siguiente:

La guerra entre los nativos y los inmigrantes terminó. Los nativos ganaron. Fue un conflicto sin derramamiento de sangre, peleado no con balas y lanzas, sino con iPhone y disquetes.

El «nativo digital», un término acuñado por el autor estadounidense Marc Prensky en 2001, emerge como el grupo demográfico dominante en el mundo, mientras que el «inmigrante digital» se vuelve una reliquia de un momento previo. El concepto describe el cambio generacional en el que las personas son definidas por la cultura tecnológica con la que están familiarizadas.

Prensky define a los nativos digitales como aquellos que nacieron en una «cultura nueva», mientras que los inmigrantes digitales son pobladores del viejo mundo, quienes vivieron en una era analógica e inmigraron al mundo digital y luchan más que los nativos para adaptarse al progre- so de alta tecnología.

El autor del libro «Enseñando a los nativos digitales» dice que la explosión de la tecnología en los últimos 10 años es solo el comienzo de un mundo nuevo simbiótico. Las computadoras y los teléfonos se vuelven una extensión del cuerpo y la mente, creando una población parecida a los cyborgs.


Diríamos, pues, que los inmigrantes digitales se comunican de modo diferente con sus propios hijos o con los jóvenes de sus iglesias- ya que se ven en la obligación de «aprender una nueva lengua» que sus vástagos no sólo no temen, sino que conocen y dominan como nativos; lengua que, además, ha pasado a instalarse en su cerebro. Para Presnky esto plantea igualmente un problema, establece una brecha digital y un abismo generacional que no puede ser ignorado ya que los inmigrantes digitales están empleando un lenguaje distinto en la enseñanza, propio de una edad predigital, para instruir a una generación que controla perfectamente la lengua digital.

La ciencia nos está demostrando que los jóvenes con los que trabajamos en nuestras iglesias todos ellos nativos digitales tienen desarrolladas capacidades diferentes en sus cerebros producto de la constante exposición a formas distintas de procesar la realidad. Sin embargo, en su inmensa mayoría nuestros programas formativos están desarrollados por inmigrantes digitales que desconocen, no entienden o no saben cómo manejar esas realidades.

La consecuencia es dramática: estamos diseñando procesos educativos pensados para una realidad –la predigital- que para los jóvenes ya no existe. Sin embargo, persistimos en los mismos debido a que nos generan la seguridad que procede de hacer las cosas que dominamos y que siempre hemos hecho, sin prestar atención a si son efectivos, si están en consonancia con los objetivos que deseamos alcanzar y a la forma de procesar de nuestros receptores.


Pudiera ser que mucho del fracaso, no sólo en alcanzar a los jóvenes no cristianos de nuestro entorno sino también en mantener a los que han nacido y crecido en el contexto de la Iglesia, se debiera en buena parte a la ignorancia y desatención a esta realidad.

Bueno, esta es, nos guste o no, la realidad de los jóvenes a los que tenemos que acompañar espiritualmente. Pero hay una afirmación de Prensky que me ha resultado muy significativa.


En un artículo publicado en el diario español La Vanguardia en el mes de septiembre de 2016, Prensky afirmaba que estos jóvenes no necesitan más información ya que la tienen toda online, afirmaba; lo que precisan son referentes, figuras que refuercen sus vidas. No importa si esta persona es analógica o digital, continúan necesitando un mentor, un acompañante en todos sus procesos vitales y, naturalmente, en los espirituales.

Creo que esa es una buenísima noticia, porque, aunque es algo constatable que buena parte de nuestros procesos educativos y de transmisión de la fe se derrumban ante la realidad de estas nuevas generaciones, no es menos cierto que valoran, precisan y necesitan más que nunca el contacto humano y el acompañamiento personalizado en sus procesos vitales. Aquí es donde entra en juego con toda su fuerza y valor el mentor y el acompañamiento espiritual que está llamado a ser una de las herramientas (¡probablemente la gran herramienta!) de formación espiritual de los nativos digitales. El tiempo, si la Iglesia es persistente en acompañar a estas generaciones, nos lo demostrará.


LOS RETOS DEL PRESENTE Y EL FUTURO LO EXIGEN

No cabe duda de que nos encontramos ante la generación con mayor acceso a la información de la historia. Hoy en día todos los datos en cualquier campo del conocimiento están al alcance con un solo clic en el ratón del computador. No estamos hablando únicamente de contenidos culturales y científicos, sino también sobre sexualidad, estilos de vida y, naturalmente, temas espirituales. Ellos saben mucho más acerca de todo lo relacionado con el sexo de lo que yo a su edad ni siquiera hubiera soñado saber.

El problema con todo este aluvión de información es cómo discriminar, cómo evaluar, cómo tomar decisiones cuando existen tantas opciones; en base a qué criterios determinar lo que es conveniente y lo que no, lo correcto y lo incorrecto. Tener más información no implica necesariamente ser más sabio. Esta es, ciertamente, la generación más informada pero menos formada en términos de carácter, valores y principios. Sin duda tienen a su alcance muchos mares en los que navegar, prácticamente infinitos, pero carecen, en muchos casos, de una brújula interior que les ayude a orientarse en los mismos.

El mentor puede y debe jugar un papel clave en esta realidad. Por medio del acompañamiento espiritual genera las preguntas, los interrogantes y los retos que ayuden al joven a tener que pensar y reflexionar acerca de qué hace y a dónde va con su vida. El mentor ayuda a discernir entre la maraña de información y opciones disponibles, cuál o cuáles son las más adecuadas para el joven y más alineadas con la voluntad y los propósitos de Dios.

Muchos de los jóvenes con los que trabajamos están enfrentando retos y situaciones que hace tan sólo unos pocos años ni siquiera existían. Además, el ritmo acelerado y en constante cambio de nuestra sociedad hará que nuevos y más complejos retos se hagan presentes en sus realidades vitales y personales. Dicen los expertos que el mundo hoy en día está caracterizado por cuatro realidades: es volátil, incierto, complejo y ambiguo. Este es el mundo real, aunque nos cueste entender y aceptarlo. Nuestro reto como líderes espirituales es acompañarlos a lo largo de este mundo, no únicamente para que puedan sobrevivir al mismo, sino para que puedan producir un impacto y edificar el reino de Dios.



LA REALIDAD ESPIRITUAL LO DEMANDA

Alan Hirsch, uno de los mayores estudiosos del cristianismo contemporáneo, afirmaba en su libro «Caminos olvidados» que muchas personas están dejando la Iglesia no porque hayan perdido su fe sino precisamente para no perderla.

Nuestro modelo de espiritualidad no está dando respuestas a los retos y realidades de la vida contemporánea. No lo puede hacer porque está agotado, exhausto, al límite de sus posibilidades. La espiritualidad que vivimos y practicamos en nuestras iglesias es fruto del repensar la fe que se llevó a cabo en el siglo XIX en Europa y los Estados Unidos. De una u otra manera todos nosotros somos hijos de aquellos movimientos teológicos y espirituales que nacieron para dar respuestas a los retos y necesidades de su tiempo y lo hicieron muy bien. Sin embargo, los tiempos y las realidades han cambiado y no hemos generado nuevas respuestas para los mismos. Nuestro sistema espiritual está llegando a la entropía, es decir, a ese punto en que los sistemas ya no tienen la capacidad de cambiar, transformarse y regenerarse.

Por el contrario, la Revelación de Dios es eterna, pero a la vez viva y dinámica. Con ello quiero decir que tiene la capacidad de darnos nuevas perspectivas sobre nuevas realidades. Podemos volvernos a ella para reflexionar y encontrar respuestas a los retos actuales, cosa para lo cual nuestra teología ya no tiene la capacidad.

Estoy, por tanto, hablando del fin de una teología, no de la caducidad de la Revelación. El problema radica en nuestra confusión de ambos términos; en creer que nuestra teología y la Revelación son la misma cosa y no podemos distinguirlas ni separarlas. Cuando este problema se da, nuestra fe se tambalea porque está vinculada a un sistema teológico en crisis, en decadencia, carente de respuestas. Cuando los líderes insistimos en vincular ambas cosas le estamos haciendo un flaco favor a la fe cristiana; estamos confirmándoles a los jóvenes que no tiene sentido ni vale la pena seguir una fe sin respuestas y sin la capacidad de generarlas.

En este caos el mentor puede ser una ayuda inestimable para el joven.


LOS JÓVENES DESEAN RELACIONES SIGNIFICATIVAS CON ADULTOS SIGNIFICATIVOS

Javier Elzo, un sociólogo español, afirma en su libro «El silencio de los adolescentes» la necesidad que los jóvenes tienen de referentes adultos, personas de edad que sean significatias en sus vidas y cómo tratan de encontrarlas, demasiado a menudo sin mucho éxito. Elzo afirma que la familia, cuando actúa como tal, continúa siendo la mayor influencia en los jóvenes de mi país, uno de los más secularizados del mundo.

Los jóvenes necesitan referentes, puntos de orientación, de contraste, de afirmación. El mentor, por medio del acompañamiento espiritual, puede ser ese referente y punto de orientación en el seguimiento de Jesús. Especialmente, como ya indicaba anteriormente, por medio de la creación de ese espacio seguro en el cual la duda, el cuestiona- miento es posible y la vulnerabilidad por parte de ambos, el joven y el mentor, puede darse.

El mentor puede encarnar lo que significa ser cristiano en la realidad del día a día. Puede compartir su experiencia del seguimiento del Maestro y, en la medida que la maduez del joven lo permita, sus propias luchas y contradicciones. Los jóvenes no necesitan referentes perfectos. ¡Son conscientes de que no existen! Pero sí precisan que sean honestos.

Un mentor que afirme que nunca ha tenido dudas, luchas, retrocesos en su vida cristiana; que siempre ha tenido las cosas claras y nunca ha experimentado la caída o la frustración, no será un buen referente para el joven. Le estará mostrando una realidad de la vida cristiana que no existe, no es real y no ayuda al joven a experimentar a Jesús, no debido a la falta de dudas, luchas, caídas y contradicciones, sino a pesar de todo ello. El referente está ahí y está disponible. Ambas cosas por sí mismas ya son valiosas para el joven y le proveen seguridad.

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